Vivíamos en Madrid.
Él llevaba tiempo ahí, yo tenía pocos meses de haber llegado. Comenzar negocios
propios nos hizo disminuir nuestros gastos y los ramos de flores como el que
recibí por mi bienvenida desaparecieron.
Pero entonces, mientras un mediodía
hacía la comida, él fue a comprar pan y, de regreso, llegó con algo más.
Una sola e inmensa
rosa que había cortado de la jardinera del edificio. Una rosa que Carlos, el
conserje, había plantado y cuidado con mucho cariño. Una flor que, para su mala
suerte, el mismo Carlos lo pilló cortándola, así lo hubiese hecho en el mayor
silencio posible. Una flor que fue consentida para cortar, sorprendiéndolo
gratamente. Una hermosa rosa que los dos agradecimos.
Es que la vida es así;
linda, sencilla y donde solo una flor es
suficiente.
