Este
viaje comenzó con la excusa de tomar una foto para mi proyecto final de
fotografía y la verdad es que, a pesar de ser la primera del proyecto y
de haberla tomado el ultimo día del viaje, es de las mejores de la serie. Pero
esa es otra historia que, a lo mejor, un día contaré.
Lo
cierto es que ese viaje se convirtió en un paseo extraordinario de seis días
con la mejor compañía que se puede tener, dos de mis mejores amigos, Julio y
Denyse. Gracias a las ventajas o beneficios laborales de ese país, los dos pudieron adelantar horas
de trabajo para así acompañarme en los paseos. Cómo era la primera vez que yo
visitaba la Cuidad de la Luz y todo era nuevo para mi, aprovechamos de hacer cosas y visitar lugares que
ellos no conocían porque se imaginarán cuantas veces habían ido a los mismos
sitios llevando a los visitantes o familiares que llegaron de visita en los
tres años que estuvieron viviendo ahí. Así fue como subimos a ver la gargolas
de Notre Dame a pesar de no entrar a la iglesia, entramos al Teatro de la Ópera
y lo recorrimos en la mejor visita guiada que he recibido en muchísimo tiempo,
nos mareamos en el carrusel de Montmartre, vimos la exposición más surrealista
de Dalí que he podido visitar, comimos sabrosas crepes y nos detuvimos, cuantas
veces quisimos, a tomar y experimentar con fotos.
De
ahí salieron este par de imágenes, ente muchas otras, que hoy comparto con
ustedes. Apenas dos fotitos que intentan reflejar lo encantadora que es París
para los turistas y cómo la percibió esta caminante, lenta pero constante, que
se muere por regresar.


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